JUNE / JUNIO 2018 JUSTICE TRENDS //  1 7 But coming from such a respectable liberal source, it will complicate debate on EM enormously and, because what Bagaric et al. propose is technically feasible, they may well garner support, and not only in the US. Their unsparing indictment of the human harms of imprisonment is undoubtedly well made. Their insistence that the $80 billion spent annually on American prisons is unsustainable in cost-effectiveness terms (and would be better spent on “critical social services including education and health”), is commendable. But promoting something as harsh as TI as the only viable alternative to mass incarceration – it “will suit nearly all offenders who are currently imprisoned in conventional prisons and (…) be adaptable so that the hardship it inflicts on offenders is equivalent to the severity of the varied offences they have committed” – begs many questions as to why mass incarceration exists in the first place. Their conviction that TI is intrinsically less harsh than imprisonment is dubious – actually, it’s strange! – and their expectation that it will be a more effective punishment than prison – better at deterring recidivism, better at protecting the community – is speculative. Their peculiar notion that proportionality in the application of such a draconian penalty will be satisfactorily addressed merely by varying the length of time people spend on it is unworthy of people with their academic credentials. Bagaric et al. seek to rebut two anticipated critiques of their proposal, the first from other liberals (more squeamish than them) who will object to “TI”’s violations of privacy and physical integrity on human rights grounds, the second from conservative reactionaries who will always repudiate anything less than “real” imprisonment as insufficiently punitive. They deal superficially with the former by claiming that imprisonment typically violates more of an offenders’ privacy and exposes them to more and worse physical violence from guards and other inmates than occasional electro-immobilisation via an ankle bracelet ever will. They deal with the latter by proudly conceding, as liberal neo-retributivists with a modernising reform agenda, that “TI” is indeed less punitive than sequestration behind steel-and-concrete walls, and more effective at fulfilling key sentencing aims – therein, they think, lies its obvious moral and practical superiority. The assumed wider appeal of it among cost-conscious policy-makers will marginalise the reactionaries, not least, they say, because the current mood in the US, even among “victims, police and prosecutors” now favours cheaper, more constructive, more effective – more liberal! – solutions than old-fashioned confinement. Trialling “Technological Incarceration” There is massive obfuscation behind this apparent liberal resistance to penal reactionaries. Only academics with a significant empathy-deficit would imagine that tight spatial regulation, continuous somatic monitoring via a visible sensor harness and the occasional prospect of electro-immobilisation administered by an AI would not be experienced as excruciatingly and destructively punitive by offenders themselves. Greater indignity, greater abjection at the hands of the state is hard to conceive. It beggars belief to think that, tooled up thus, offenders will still possess the frame of mind to explore and embrace the rehabilitative and reintegrative opportunities that a local community might offer. For all their boast of commitment to human rights, the voices of offenders themselves never figure in Bagaric et al.’s analysis – they are an irrelevant consideration to them – and it seems highly likely that many offenders would choose the cold stone walls of real imprisonment over the intrusive, stigmatising and undignified sensor harness, and the burdens it would impose on family life and civic participation. Only the most spartan and cruel of prison regimes might be more painful than “technological incarceration” and in that sense the penal system that Bagaric et al. are contemplating, not only degrades the idea of what sensible community sanctions need to be like, but also requires the worst kinds of prison. Unsurprisingly, in good liberal academic fashion, they suggest that their proposal is trialled for 12 months on 10,000 prisoners “serving time for minor offences”. Quite how this fits any notion of proportionality is unclear, but sexual and violent offenders would initially be excluded, es técnicamente factible, bien podrían obtener apoyo, y no solo en los Estados Unidos. Su incansable acusación de los daños humanos del encarcelamiento está indudablemente bien hecha. Su insistencia en que los 80 000 millones de dólares que se gastan anualmente en las cárceles norteamericanas son insostenibles en términos de rentabilidad (y que sería mejor gastarlos en “servicios sociales críticos, incluyendo educación y salud”) es encomiable. Pero promover algo tan duro como el ET como única alternativa viable al encarcelamiento masivo – “será adecuado para casi todos los delincuentes que actualmente están encarcelados en prisiones convencionales y (...) será adaptable, de manera de que las dificultades que inflige a los delincuentes sean equivalentes a la severidad de los diversos delitos que han cometido” – plantea muchas preguntas sobre por qué existe el encarcelamiento masivo en primer lugar. Su convicción de que el ET es intrínsecamente menos severo que el encarcelamiento es dudosa – ¡de hecho, es extraña! – y su expectativa de que será un castigo más efectivo que la prisión – mejor para disuadir la reincidencia, mejor para proteger a la comunidad – es especulativa. Su noción peculiar de que la proporcionalidad en la aplicación de una sanción tan draconiana se abordará satisfactoriamente simplemente variando el tiempo que la gente pasa en ella es indigna de personas con sus credenciales académicas. Bagaric et al. buscan refutar dos críticas anticipadas a su propuesta: la primera, de otros liberales (más aprensivos que ellos) que se opondrán a las violaciones de la privacidad y la integridad física por parte del “ET” por motivos de derechos humanos; la segunda, de reaccionarios conservadores que siempre repudiarán cualquier cosa menor que el encarcelamiento “real”, considerándola como insuficientemente punitiva. Le responden superficialmente a los primeros alegando que el encarcelamiento típicamente viola más la privacidad de los delincuentes y los expone a mayor y peor violencia física por parte de los guardias y otros reclusos, en comparación con lo que lo hará la electroinmovilización ocasional a través de un brazalete en el tobillo. Le responden a estos últimos admitiendo con orgullo, como neoretribucionistas liberales con una agenda de reformas modernizadoras, que el “ET” es, en efecto, menos punitivo que el aislamiento detrás de muros de acero y hormigón, y más efectivo en el cumplimiento de los objetivos clave de las sentencias: en eso, piensan, radica su obvia superioridad moral y práctica. El supuesto mayor atractivo de este entre los políticos conscientes de los costes marginará a los reaccionarios, sobre todo porque el ambiente actual en EE. UU., incluso entre las “víctimas, la policía y los fiscales”, favorece ahora soluciones más baratas, más constructivas, más efectivas – ¡más liberales! – que el confinamiento a la antigua usanza. Probando el “encarcelamiento tecnológico” (ET) Hay una ofuscación masiva detrás de esta aparente resistencia liberal a los reaccionarios penales. Solo los académicos con un déficit de empatía significativo podrían imaginar que los propios delincuentes no experimentarían una regulación espacial estricta, una monitorización somática continua a través de un visible arnés con sensores y la perspectiva ocasional de electroinmovilización administrada por una IA como insoportable y destructivamente punitivas. Una mayor indignidad, una mayor abyección por parte del Estado es difícil de concebir. Es difícil de creer que, equipados de esta manera, los delincuentes seguirán teniendo el estado de ánimo adecuado para explorar y aprovechar las oportunidades de rehabilitación y reintegración que podría ofrecer una comunidad local. Apesar de jactarse de su compromiso con los derechos humanos, las voces de los delincuentes nunca figuran en el análisis de Bagaric et al. – son una consideración irrelevante para ellos – y parece muy probable que muchos delincuentes prefieran los fríos muros de piedra del encarcelamiento real al arnés con sensores intrusivo, estigmatizante e indigno, y a las cargas que este impondría a la vida familiar y a la participación cívica. Solo el más espartano y cruel de los regímenes carcelarios puede ser más doloroso que el “encarcelamiento tecnológico” y, en ese sentido, el sistema penal que Bagaric et al. están contemplando no solo degrada la idea de cómo deben ser las sanciones comunitarias sensatas, sino que también requiere los peores tipos de prisión. experts’ panel / pANEL DE EXPERTOS