1 8   JUSTICE TRENDS //  J U N E / J U N I O 2 0 1 8 simply to avoid alarming a sceptical and cautious public. The trial would then segue into a phased roll-out and replacement of most prisons over a fifteen year period, drawing in ever more serious offenders, even, eventually, some murderers. I disagree: under no circumstances should this “dirty technology” be trialled or implemented, anywhere. It does not require empirical research on live subjects to demonstrate that “TI” is morally repugnant and to know in advance that the research sample would inevitably be mostly poor people, multiply disadvantaged and (in the US) disproportionately Black. They should not be experimented on. There is no social justice dimension in Bagaric et al’s. argument, no class analysis which grasps that mass incarceration is far more about managing poverty and racialised inequality as it is a protection from, and response to, (some) criminal violence, a problem to which there are many more constructive, if never easy, solutions. The academics fail repeatedly to say why – in the face of overwhelming historical evidence that introducing allegedly “tough” alternatives to replace prisons (e.g. community service, intensive probation, EM itself) has rarely had a lasting impact on prison numbers – this time it will be different, other than placing magical faith in modern technology, ultra-punitiveness and some neurological evidence “that humans enjoy punishing wrongdoers” (a finding which does not of itself support something as cruel and unusual as TI). I am not averse to all trialling of “TI”, so long as Mirko Bagaric, Dan Hunter and Gabrielle Wolf (and, by dint of association, their families, friends, colleagues and neighbours) are the first, and only, participants in the “pilot”. Seriously: researchers, programme managers and civil servants involved in earlier RF and GPS programmes have routinely beta-tested ankle bracelets and subjected themselves to monitoring systems for short periods. Obviously, this can never fully replicate an offender’s experience, but it can generate a level of insight and empathy that is arguably not found in written reports. Bagaric et al. should wear trackers and sensor harnesses for a minimum of six months – they envisage offenders doing so for much longer – and have GPS monitored inclusion zones placed around their homes and workplaces, and the corridor in between. They should “live blog” their experience, via the AI to which they are necessarily hooked up, on a number of reputable penological websites so that fellow professionals can engage with them and see how they are faring. No es de extrañar que, en la manera típica de los académicos liberales, sugieran que su propuesta se someta a prueba durante 12 meses en 10 000 prisioneros “que cumplan condena por delitos sin importancia”. No está claro cómo encaja esto en cualquier noción de proporcionalidad, pero los delincuentes sexuales y violentos serían excluidos inicialmente, simplemente para evitar alarmar a un público escéptico y cauteloso. La prueba se convertiría entonces en una introducción y sustitución gradual de la mayoría de las prisiones durante un período de quince años, incluyendo a delincuentes con delitos cada vez más graves e incluso, con el tiempo, a algunos asesinos. No estoy de acuerdo: en ningún caso esta “tecnología sucia” debe probarse ni aplicarse en ningún lugar. No se requiere investigación empírica sobre sujetos vivos para demostrar que el “ET” es moralmente repugnante y para saber de antemano que la muestra de la investigación inevitablemente sería en su mayoría gente pobre, con múltiples desventajas y (en los EE. UU.) desproporcionadamente negra. No se debe experimentar con ellos. No hay una dimensión de justicia social en el argumento de Bagaric et al., ni un análisis de clase que entienda que el encarcelamiento masivo tiene que ver mucho más con el manejo de la pobreza y la desigualdad racializada, ya que es una protección y una respuesta ante (algunos) actos de violencia criminal, un problema para el cual existen muchas más soluciones constructivas, aunque nunca fáciles. Los académicos evitan repetidamente decir por qué – ante la abrumadora evidencia histórica de que la introducción de alternativas supuestamente “duras” para reemplazar las cárceles (por ejemplo, el servicio a la comunidad, la libertad condicional intensiva, el propio EM) rara vez ha tenido un impacto duradero en el número de cárceles – esta vez será diferente, aparte de depositar una fe mágica en la tecnología moderna, el ultrapunitivismo y alguna evidencia neurológica “de que los humanos disfrutan castigando a los malhechores” (un hallazgo que por sí mismo no apoya algo tan cruel e inusual como el ET). No soy contrario a todas las pruebas de “ET”, siempre y cuando Mirko Bagaric, Dan Hunter y Gabrielle Wolf (y, a fuerza de asociación, sus familias, amigos, colegas y vecinos) sean los primeros y únicos participantes en el “piloto”. En serio: los investigadores, los directores de programas y los funcionarios que participaron en programas anteriores de radiofrecuencia y GPS han probado rutinariamente tobilleras con pruebas beta y se han sometido a sistemas de vigilancia durante períodos cortos. Obviamente, esto nunca puede replicar completamente la experiencia de un delincuente, pero puede generar un nivel de perspicacia y empatía que no se encuentra en los informes escritos. Bagaric et al. deberían usar rastreadores y arneses con sensores durante un mínimo de seis meses – prevén que los delincuentes lo hagan durante mucho más tiempo – y hacer que se coloquen zonas de inclusión controladas por GPS alrededor de sus hogares y lugares de trabajo, así como en la ruta intermedia. Deberían “bloguear en vivo” su experiencia, a través de la IA a la que estarán necesariamente conectados, en una serie de sitios web penológicos de buena reputación para que sus compañeros de profesión puedan establecer contacto con ellos y ver cómo les está yendo. Los participantes deberían experimentar la electroinmovilización automatizada al menos dos veces, solo para ver cómo se siente; una de estas ocasiones debe ser delante de sus hijos, solo para ver cuál es el efecto sobre ellos, ya que es probable que esto le suceda a cualquier delincuente de la vida real que, Dios no lo quiera, venga a ser monitorizado de esta manera. Conclusión: Eligiendo los “cuerpos computables” Los sistemas de vigilancia electrónica en la justicia penal no son, y nunca fueron, innovaciones aleatorias o entidades materialmente discretas: son ofrecimientos para tecnologías más amplias de la información, la comunicación y la informática, dependientes de las infraestructuras digitales existentes para su viabilidad, y personalizadas para fines específicamente penales. Discursivamente, están atrapados no solo en los “imaginarios penales” imperantes (a quién y cómo queremos castigar) sino también en nuestros “imaginarios sociotécnicos” (hasta qué punto queremos o esperamos que la digitalización y la automatización penetren y cambien nuestras prácticas The participants should experience automated electro-immobilisation at least twice, just to see what it feels like; one of these occasions should be in front of their children, just to see what the effect on them is, as this is likely to happen to any real-life offender who, heaven forbid, might come to be monitored in this way. Conclusion: Choosing “Computable Bodies” Electronic monitoring systems in criminal justice are not, and never were, random innovations or materially discrete entities: they are affordances of wider information, communication and computer technologies, dependent on existing digital infrastructures for their viability, and customised for specifically penal purposes. experts’ panel / pANEL DE EXPERTOS